Voz disonante
Hoy, ser famoso es una necesidad. Si no eres famoso, hay que parecerlo. El reconocimiento se ha vuelto una obsesión, una histeria colectiva, basada en la imagen. Cuánta gente estará haciendo mercado con este nuevo fenómeno que ha asolado a nuestra sociedad? Esta inquietud, esta ansiedad y desesperación ha salpicado también a nuestros iconos. Veo extremos. Unos se esconden para obtener lo mejor de los dos mundos. Otros, se exhiben cada vez con menos pudor y sensatez, porque supongo que creen que ya no hay nada que perder, que todo vale.
Las ideas siguen moviendo el mundo, los sentimientos, las personas. Estoy hablando de presión externa. La cultura es un filtro, unas gafas con las que vemos la realidad. Nada más. El curso del río seguirá siendo el mismo. Somos como cantos de río. Nos desgastamos a su paso. Nos da forma y no importa lo que queramos aparentar. Odio que todos queramos o necesitemos ser flautistas de Hamelín, pero es así. Nos vestimos de lo que no somos. Es absurdo que queramos parecer inhumanos, superhumanos, y por eso lo hacemos. Somos así.
Realmente, no importa tanto si tu talento técnico es extraordinario. No estarás en lo más alto. Te explotarán un poco, hasta donde puedan (y hasta donde puedas tú). Luego te olvidarán, como a un limón exprimido. Seremos anécdotas cada vez más pequeñas. Todo el mundo sabe que la vida no va de eso, pero nadie quiere reconocerlo. Suelto mi veneno para atormentar, pero es un veneno sincero. Espero que se me reconozca eso, al menos.
Hoy, todos somos un residuo de algo superior de la sociedad, unos modelos reciclados cada vez más débiles, porque la cultura resucita constantemente y ya no saben como convencernos y engañarnos con sus ejemplos maltrechos. Ellos también son humanos. No lo olvidemos. Pierden la paciencia. No aguantan la presión. Quieren perder el tiempo. Recrearse. Son nostálgicos. Los nostálgicos siempre harán negocio para los más listos en la abundancia. Perdón, los más astutos. Son, literalmente, pasto de los gusanos. Lo digo con profundo recelo y desprecio. Es para conmover.
Me resulta extraño el panorama. Todo lo que veo es lo mismo, pero siento que debería ser más dócil, más permeable e influenciable. Más fácil de convencer. Sin embargo, lo descalifico todo, si puedo. Lo desacredito. Lo descarto. Es el que recibe quien tiene el poder, no el que da. Por eso nosotros somos la fuerza productiva. No quiero sonar marxista. Es sólo que me indigna nuestra pasividad. A lo mejor, simplemente, soy un iluso idealista. Mi veneno seguirá penetrando en vuestras conciencias. Para mí, ahora es sólo un juego, un entretenimiento. Cambiar la vida cotidiana, la mía y la de los demás, eso es poder.
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