Lésper
No me gusta corregir. Tal como yo lo veo y como quiero hacerlo ver, las correcciones son inventos de la memoria. No hay correcciones. Puede llamarse experiencia acumulada, ocultación o simulación, pero no existe corrección como tal, salvo en el lenguaje, por una cuestión meramente técnica, pues es medio y no fin, como muchos intelectuales, desesperados por el nihilismo que les tocó padecer pretendían hacer creer.
Hoy quiero hablar de una crítica que me parece interesante en el panorama actual. Se trata de Avelina Lésper, una sudamericana especializada en la crítica a la cultura de masas transmoderna. Es especialmente ácida en lo referente a la performance y al arte abstracto. Para ella, se trata de una insustancialidad imperdonable.
En primer lugar, quiero hablar de las bondades de su discurso. Me parece refrescante que haya alguien que remueva y trastorne con su pensamiento el conjunto de tópicos de nuestro imaginario y subconsciente colectivo. Me gusta porque es poco común y es atrevido. La considero una rebelde. No una revolucionaria, en el sentido clásico o romántico, pero sí una cruzada. Tiene su batalla bien clara y eso me gusta. Es firme y valiente.
Dicho esto, sí me parece que hace algunas concesiones injustas respecto al concepto de arte mismo. Me explicaré mejor. Ella idealiza el concepto de arte basándose principalmente en el argumento historicista. Pongamos un ejemplo. Si nos situamos en el Renacimiento, el período que yo considero de mayor prosperidad artística de todos los tiempos, uno puede confundir con facilidad, si no hila fino, esas maravillosas y colosales obras de los genios de su época.
Digo esto porque, si nos detenemos, por ejemplo, en alguna colección de los Uffizi o de los Médici, un profano no advertiría en absoluto que se trata de obras específicas de su tiempo, con fines políticos, que se hicieron por más de una persona y que, al igual que en el siglo de Pericles en Grecia, contaba con unas ventajas económicas y sociales sin precedentes.
No quiero dejar en el tintero, por supuesto, la maravillosa genialidad de los artistas, pero incluso ella es susceptible de convertirse en materia de mitología (especialmente heroica, es decir, individual) si descuidamos que, en términos relativos, de lo que se trataba era de genios de la técnica, bien fuera en la pintura, la escultura o la literatura. El ámbito es irrelevante. Se trata de la genialidad.
Debe parecer muy frío mi discurso, pero no podemos pretender ser racionales si obviamos el aspecto pragmático y utilitario del arte en todas las épocas. Estoy completamente de acuerdo en que el hombre necesita expresar de forma independiente su pensamiento, de perfeccionarlo todo lo posible y ser fiel a él de forma libre, pero yo no identifico expresar necesariamente con crear.
El problema que se plantea a mí me parece claro. La crítica denuncia la insustancialidad y el mercantilismo. Denuncia la confusión de ideas y la pereza intelectual, la falta de genialidad, en una palabra. Sería triste pensar que espera una especie de iluminación en el artista, que vaya a salvarnos, que nos muestre partes de nosotros que no hemos sabido ver hasta entonces por pura destreza técnica o padecimiento emocional.
Lo que quiero decir con esto es que, incluso alguien de estas características puede pecar de imprecisa, delirante y dogmática. Parto de la base de que yo lo soy y cometo los mismos errores que ella. La critico porque creo que es necesario, que a una crítica procede otra crítica. Las obras de arte existen en el tiempo, en las épocas. Es el tiempo el que las coloca en su lugar, el que determina su valor, no el artista.
No sé hasta qué punto es cierto que todos esos sentimientos inexpresables que han producido la obra son una especie de experiencia religiosa, un llamamiento, una catarsis. Debo reconocer que aquí no tengo claro si he entendido bien ciertos bandazos que he podido detectar en su discurso. A veces habla de trabajo duro y otras, de inspiración.
Detecto, además, un deseo incontrolable de destruirlo todo, dialécticamente. Ella es consciente de que no puede hacerlo, pero lo oculta. Habla y actúa como si lo hiciera, a sabiendas. A esto lo llamo falta de humildad y lo digo desde la admiración, porque su arriesgada postura me parece apasionada y sincera.
Como le dije a un amigo, creo que ella misma está haciendo arte con su discurso. Es una presunción enorme decir que todos somos artistas, pero así lo creo. Es cierto que hay distintos niveles de dominio técnico, que no todos sabemos ver con más o menos perspicacia lo que otros sí pueden. Hay algo inexplicable en la intuición. Yo no sé si, como creo, lo inexplicable no es necesario de explicar, pero no creo, y debo confesarlo, que ni las palabras, ni las obras, ni los pensamientos puedan cambiar eso.
Lo que estoy diciendo con todo esto es que, para empezar, hace falta más gente como ella que sea un terremoto, una agitación en nuestras consciencias y un intento por despertarnos del letargo de las masas sometidas y, al mismo tiempo, una deificación más justa de lo que es el arte en realidad, sin tanto idealismo y pomposidad, porque el mismo Platón (la filosofía también es un tipo de arte) odiaba a los artistas por su falta de honestidad en sí misma.
La vida es un arte y sé que esto es decir demasiado, pero sería demasiado injusto separar a ese grupo de privilegiados, héroes o villanos del resto de los seres humanos. Todos los seres humanos son creativos por necesidad. Es cierto que no todos demuestran genialidad y que se trata de un fenómeno complejo, pero es un error querer mirar para otro lado porque odiemos demasiado el cinismo más gratuito, la superficialidad, la explotación de la creatividad con fines dinerarios o, en definitiva, la deshumanización de la vida. Yo digo que hay sólo una humanización.
Esto es lo que quería compartir hoy sobre esta artista, porque a mí me lo parece. Deseaba encontrarme alguien así estos días, aunque ya la conocía, pero dudo que su efecto vaya a durarme mucho porque, al igual que ella, supongo, yo también tiendo a triturar prematuramente demasiados conceptos e imágenes, palabras, juicios de valor, acciones de otras personas sin vivirlos. Eso es lo que hace compleja e interesante a la sociedad de los seres humanos.
Otra cuestión que no me quedó clara después de sus varias exposiciones es qué tipo de fórmula o solución pretende dar para separar el arte de la mímesis, porque, desde mi punto de vista, son indivisibles. No considero que el arte sea crear de la nada. Es crear a partir de algo anterior. Pienso en las primeras pinturas rupestres o los primeros ídolos animistas.
Es lógico que el pensamiento simbólico posibilitó la imitación de la realidad a raíz de la combinación de conceptos previos, limitados, tangibles, existentes. Para mí, el paradigma es la realidad aumentada y no una supuesta nueva revolución artística, porque, tristemente, creo que es más que evidente que se está tecnificando, mercantilizando y que poco tienen que hacer ahí los seres humanos, a pesar de su nostalgia y su romanticismo. Me incluyo el primero.
Otra cuestión que no me quedó clara después de sus varias exposiciones es qué tipo de fórmula o solución pretende dar para separar el arte de la mímesis, porque, desde mi punto de vista, son indivisibles. No considero que el arte sea crear de la nada. Es crear a partir de algo anterior. Pienso en las primeras pinturas rupestres o los primeros ídolos animistas.
Es lógico que el pensamiento simbólico posibilitó la imitación de la realidad a raíz de la combinación de conceptos previos, limitados, tangibles, existentes. Para mí, el paradigma es la realidad aumentada y no una supuesta nueva revolución artística, porque, tristemente, creo que es más que evidente que se está tecnificando, mercantilizando y que poco tienen que hacer ahí los seres humanos, a pesar de su nostalgia y su romanticismo. Me incluyo el primero.
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