Lloros en público


No pensé que llegaría a ser tan clasista, tan egoísta y tan absurdo. Soy un vago asqueroso y me encanta justificarme. Me posee el desconocimiento, la ilusión y el deseo. La desesperación, en una palabra. Sé lo que le puede pasar a muchos, pero no sé el orden ni cómo les haría sentirse. 

Pienso en los grandes y creo que la vida puede ser también cuestión de cantidad y de esfuerzo. Debían de estar (ignoro de qué manera) más llenos de vida que yo. En realidad, no lo creo, pero mi expresión es imperfecta. El pensamiento cambia mi vida, pero a un ritmo muy lento. Los cambios cualitativos llegan de manera inesperada, no planificada. No sé expresarlo de otro modo. 

No he conseguido detener mi pensamiento. No he conseguido aplicar una economía mejor a mi vida. Las etapas me abruman. Es el lugar, el momento y la gente equivocados. Soy realmente ignorante. No veo procesos que son más profundos. La profundidad mínima basta y yo soy incapaz de aceptarlo. 

Las comunidades pequeñas me parecen ahora tan insoportables. Y, sin embargo, son las más reales. Ya sé la verdad, pero no quiero aceptarla. Nos entretenemos con vanidades, porque es lo único con lo que nos podemos entretener. Quiero un reconocimiento que no me corresponde, por el que no me he esforzado. 

Es importante para mí expresarme, pero para nadie más. Mis expresiones son tan débiles que no espero conseguir con ellas lo que ambicionaba antes, inculcar el amor por el conocimiento, despertar ilusión por mejorar. Siento que eso ha terminado para mí y desearía que no fuera así. Si pudiera conformarme, lo haría sin dudarlo. 

Este totalitarismo liberal me ha destruido por dentro. Me ha obligado a buscar una nueva identidad, una en la que crea de verdad. Sé que todas las imágenes eran falsas, aunque bastasen en aquellos viejos recuerdos. La vida es un error incorregible. No puedo expresar nada más sincero que eso, ahora. No soy quien quiero ser. Soy lo que soy y nada más. Soy un hombre imperfecto y desconocido, demasiado ambicioso. Tengo lo suficiente para ser humano. 

Pocos me superan en las distancias cortas, pero cuando estoy solo y tengo que enfrentarme a mí mismo de nuevo, a mis pensamientos, no sé a dónde huir. Me gustaba mucho pensar, hasta que caí en este abismo de repetición, en estas manías persecutorias y tan dolorosas por dentro. Veo el placer material y siento rabia, envidia, impotencia, porque no entiendo cómo otros consiguen ahuyentar u ocultar sus demonios mejor que yo, hacerlos ángeles para los demás. Es injusto. No sé a quién reprochárselo. Diría que la culpa es mía, pero en realidad, no lo sé. 

Tengo el hemisferio artístico del cerebro más desarrollado. No soy técnico, ni práctico, ni activo. Soy un comebolas, un filósofo barato. Realmente, quisiera encajar o aportar algo nuevo, pero siendo yo mismo es imposible. Espero que expresarme me consuele, expresarme mejor, porque es lo único que me queda y que me falta. Ya no puedo recurrir a palabras bonitas, a envoltorios, sin sentirme un falso. 

Este reclutamiento de desalmados fuera de mí me hace sentir muy solo y desesperado. No esperaba que llegara a ser tan duro. No siento caridad por los demás. Siento envidia, envidia sucia e injusta, envidia ciega. La siento porque no sé cómo los demás pueden seguir con sus vidas sin sufrir la existencia de lo incomprensible, cómo pueden disimular tan bien. Para mí es algo imposible de entender. 

Supongo que los más acomodados acaban asqueados de los excesos que pueden permitirse, que les permitimos, pero no creo que se sientan culpables, como a mí me gustaría. No creo que sean tan moralistas. No estoy preparado para ser como quiero ser. Soy un desgraciado y un avaricioso. Quiero alejarme del mundo y de la inmoralidad para encontrar una paz más estable. Vuelvo al interior y encuentro fantasmas, monstruos, historias demasiado inverosímiles. Quiero encontrar equilibrio, vacío, pero no sé cómo sería. Nunca me ha pasado. 

Todo lo que deseo es dejar de luchar. No me gusta luchar. Siento que no me queda más remedio, que es ridículo, un desperdicio, una tragedia. No quería convencerme de esto, pero ha sucedido. No creo en nada ni en nadie que se pueda simplificar en una descripción, un esquema, una frase, unas ideas, porque sé que nada de eso basta. Si bastase, no existiría el tiempo o la historia. 

A mí me gustaría refugiarme en el consuelo de mis amigos, en la lucha con mis enemigos y no tener que ceder y ser vencido por mi propio ego, porque mis deseos son repugnantes, son deseos de mortalidad. Ser un personaje público: tener más influencia social, dinero, talento, reconocimiento, poder. Me siento culpable porque sé que pocos llegan a disfrutar de eso. Creo que lo demonizaban en el pasado por el poder político, por la incertidumbre que a todos nos arrasa en nuestra soledad. 

Me siento un impertinente todo el tiempo. En la práctica, esa exigencia se esfuma con suma ligereza. Peleo y me justifico con una sencillez que me abruma, que no sé de dónde viene, de mi memoria, de mi espontaneidad oculta. No me preocupa tanto, entonces, vivir. El resto del tiempo, imagino la vida como algo imposible y no dejo de pensar en ello. No dejo de machacarme, de intentar volver al principio, teóricamente. 

Ya lo he hecho antes. Sé que el mundo no es mi cabeza. Es sólo que no puedo dejar de dudar, de recapacitar y de revisar. Es todo mi mundo. No puedo detenerme. Me veo inferior y sin valor. No quiero sentirme así. No quiero soñar con lo que es peor para mí. Mis deseos son una maldición. Mis sueños siempre son mentiras. 

Yo deseaba plantarme. De verdad, lo deseaba. No puedo ser tan buen ejemplo como quiero ser. Soy peor. Soy más normal. No quiero contribuir a esta locura. Todos vivimos y elegimos mal. Tenemos que soportar la carga de nuestros pensamientos, de nuestro perfeccionismo moral, porque no es otra cosa. Estoy harto de mí, de mi incompetencia y de mis errores. No me acepto como soy. 

Imagino a mis hermanos tan indiferentes, tan llenos de mortalidad absurda, de soberbia y de astucia, que no puedo vivir tranquilo. Me preocupa porque siento que soy yo el que estoy equivocado. Me hacen dudar. Me ponen contra la espada y la pared. Me someten con todo lo que tienen y no me vencen, porque estoy escribiendo esto. Escribo que nos emociona un circo y nada más, un circo que intenta serlo todo y no puede. 

Yo no quería ser sólo un hablador, pero es lo que soy. Todos deseamos reconocimiento. Es natural. Seguirán dándose premios grandes y pequeños. Es frustrante no conformarse con ninguno. Son basura, simbolismo demoníaco, lazos bajos de mundo descarriado. No puedo retener mi lengua. No puedo esforzarme por nada. Tengo que gritar. Tengo que vivir. Esto es una locura. 

Hoy es lo mismo que hace dos mil años. Ha cambiado la inteligencia colectiva. Estos medios de información son también medios de desinformación. Nos hemos conformado con muy poco y somos los culpables. Somos basura. Tenemos que arrepentirnos y buscar algo mejor. Esto no está bien. No puedo mirar para otro lado. No quiero prostituir mi inocencia, mi pureza, mis sentimientos, mis verdaderos sueños. No puedo ser más sincero que esto. Odiamos la verdad porque siempre nos ridiculiza. Eso es lo que pasa. 

No queremos cambiar. Los lazos nos oprimen y nos retienen todo lo que pueden. Es su función, su deber. El nuestro es desatarnos, romperlos, pero no queremos hacerlo. Estamos muy cómodos en este infierno terrenal. Nos encanta sentirnos a salvo en nuestra mentira, escondidos de la muerte y de la miseria, de la pobreza interior. Nos encanta ser nadie, despersonalizarnos, como profesionales, como individuos. No importa si eres científico o artista, político o boxeador, músico. Sigues siendo un mentiroso, un vago, un despojo inútil y vergonzoso. Sí. Eso es lo que eres, de todos modos.



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