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La verdad no puede terminar de decirse, de hacerse o de pensarse. Todo lo que he escrito hasta ahora era prescindible. Si pudiera terminar de quejarme, lo haría. Si tuviera un terapeuta no creería en él. Ya no creo en los hombres. Nuestra falta de amor nos obliga a mentir. Por eso seguimos buscándolo. 

No he inventado la vida y no conozco el comienzo de todo. No quiero presumir de lo que no sé, del ejemplo equivocado. El mundo no me necesita. Me siento más prescindible que nunca antes en mi vida. Sólo quiero pasar más tiempo haciendo las cosas que me hacen feliz, estar con mi perro, con mis amigos, hablar y reírme con gente, pensar en cosas agradables, descansar y dejar de tener miedo a vivir. Mientras tenemos miedo a vivir, mientras dudamos, vivimos. La teoría no ha terminado. 

Soy un hombre miserable y tengo todos los conocimientos para parecer bueno. Nunca he tenido tantos conocimientos como ahora. Mi complejo de inferioridad no me sorprende ni me avergüenza. La gente que gana más dinero que yo, que tiene más influencia social, más poder y talento, tiene más energía, la ha entrenado más que yo, pero la desperdicia a mis ojos ególatras.

El mundo está por debajo, no por encima. Veo defectos, no virtudes. Simplemente, a veces me benefician y me causan placer. Por eso no maldigo el mundo, aunque daría igual si lo hiciera. Los pesimistas no han acabado con el mundo. No escribo una obra maestra. No señalo más que lo evidente, para mí. Es lo mismo que para cualquiera. No soy especial. El desconocimiento es especial. 

Es evidente que no podría haber sido mejor. Ahora lo veo claro. Espero llegar a capas más profundas de todo esto, pero a nada más. Conviviré con gente el resto de mi vida, familiares, amigos, conocidos y desconocidos. Tendré que desmontar mil mentiras en mi interior y en mi exterior. Esa es toda la lucha por la vida, para nosotros. Una lucha cultural. 

No espero nada nuevo de este siglo. No espero nada de nadie. Espero las quejas de su dolor. La gente que tocó mi corazón también ocultaba mucho dolor, pero antes no lo sabía. El hombre está para ocultar dolor, para producirlo. Lo más cerca que estamos de evitarlo es consolarnos. Hoy no tengo esperanza en que cambie nuestra naturaleza. Hoy sólo busco cariño, reconocimiento, respaldo de los demás. No busco revolucionar nada, extinguir nuestro connatural desconocimiento. No espero cambiar al hombre. 

Me pesa haber llegado hasta aquí y sentirme tan rico y tan pobre. Cuánto pesa el conocimiento cuando no hay qué hacer con él, decía Sófocles. No sé si, en realidad, no había diferencias entre su época y la nuestra, pero yo no puedo escapar de mi época. No he encontrado a humanistas que me deslumbren, de entre los vivos. Me he cansado de buscar. Reflexiono y me siento aprisionado. La vida era una trampa desde el principio. No quiero creer en mi mismo. Siento que si pude engañarme, volveré a hacerlo. Sólo espero vivir. No voy a escapar de aquí. 

Si tuviera un solo motivo para tener esperanza, una esperanza distinta, nueva, emocionante, la tendría. Espero lo que otros ya han tenido, entre los vivos, entre los muertos y entre los que vendrán. En una época en la que la imagen parece absoluta, todos nos sentimos vacíos y desesperados, aspirando a unos ideales inalcanzables, más realistas y coactivos que nunca. Todos nos sentimos como somos: humanos. El humano vive desesperado y su felicidad es un espejismo. Su felicidad es un juego consigo mismo. 

Yo tengo la culpa de no haber sido otro, pero no es una culpa mala. Soy lo que soy. Este es mi destino, aquí y ahora. Este es mi momento. Veo cómo nos perdemos en los laberintos de la vanidad una y otra vez y es igual de inútil que la primera. No es mejor, ni más impactante, ni más especial. No somos especiales por ser diferentes. Sólo somos diferentes. No sé cuál será mi última caída. No sé cuántos presentes quedan antes del final. Estoy solo aquí, entre todos ustedes. Solo e intentando darlo todo, darlo para siempre. 

No tengo palabras y no espero excusarme más. Para qué? No me ven como soy. Me ven como son ellos ahora. Los más brillantes fueron los que más pensaron, pero nos aterra pensar. Pocos se atreven. Inventan cualquier cosa para dejar de pensar. Creo que yo no lo he conseguido. No soy mejor por ello. Soy así. Soy esto, ahora. No tengo tiempo para sufrir algo imposible. El miedo es una ilusión. La vida es la de siempre. No hay escondite para huir de ella. Tú vives, ahora. Yo estoy vivo. No sabemos quiénes somos y no podemos aceptarlo. Todo nos ha parecido demasiado pequeño. Una conexión se producirá entre nosotros, algún día y, a ella, le seguirán muchas otras. Lo más pequeño de una lucha es la causa que la produce, la mecha que la enciende. 

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