Fama
Desde el principio hubo gente que se dedicó al espectáculo, al circo. Pocos son los privilegiados que pueden disfrutar las mieles de la fama. Estos personajes públicos tienen el fin de resultar agradables a las masas, hacer que se sientan identificados. Para ello, su única opción es la mímesis, la imitación, pues, aunque lo olvidemos, todo es imitación.
Si Aristóteles escribiera hoy su Poética, tendría que hablar extensamente por obligación de los youtubers, aunque a lo mejor no le llevaría mucho tiempo, resumiendo y despachando brevemente que su objeto es la frivolidad superficial porque las masas sólo buscan lo atractivo por fuera. La situación es esta. La prueba es la misma cada día. Cuando el consumidor se siente derrotado, huye o busca consuelo. Lo encuentra en el entretenimiento. Ahí se siente identificado, ve reflejadas sus ilusiones y fantasías, aunque estas sean vanas desde el principio. Los incautos las llaman absurdas, pero son de lo más lógico que hay.
No estoy en contra de soñar. El problema surge cuando se admira lo que no merece ser admirado. Me entristece y me enfada que no aprendamos o queramos reconocer lo más importante. A lo mejor soy yo el peor iluso. Soy yo el que se equivoca y asume la responsabilidad. Me cuesta mucho imaginar a los grandes aplaudiendo al humo. Eso es lo que pienso cada vez que me veo atrapado en esta espiral. Estuve en ella toda mi vida. Todos estamos atrapados en ella y la tenemos en lo más profundo de nuestro interior.
No sé cuántos se atreverán a pregonarlo y se unirán a mí, pero es lo que siento. Las masas desean ser alienadas. Todos los deseos son egoístas. La profundidad está ligada a la responsabilidad y como es más fácil ser injusto que justo, triunfan los indoctos, los payasos, los hipócritas. Porque es más fácil representar una mentira que una verdad, la rebeldía antes que la sumisión. La soberbia antes que la humildad. La temeridad (la locura) antes que la discreción.
No creo que me pareciera tan triste si no supiera que ese espectáculo no cambia nada. Empeora las cosas. El problema es el mismo de principio a fin. Nos produce ansiedad e incertidumbre, nos aturde. Decimos que nos calma, pero eso es sólo al principio. Pronto nos posee la ambición y la ambición corrompe. Sólo es una mentira material. No hay placer en ella, sólo el instinto insaciable que surge del centro del egoísmo.
Lo que estoy diciendo es que nosotros elegimos el mal, no nos lo imponen. Nunca es así. Antes no quería creerlo y huía irresponsable. No quería asumir los hechos, la realidad. El riesgo es la ignorancia y el atrevimiento. No espero cambiar nada diciendo lo más evidente. Es lo más fácil de ignorar y olvidar y tengo muy pocas posibilidades de persuadir a nadie. Me dirijo a un público más crítico, maduro, sensible y creativo. No sé muy bien para qué. Tal vez para producir una alternativa conjunta que venza (siempre temporalmente) a este enemigo dañino.
Sé que es un enemigo interior, no exterior. Que cuando hablamos de lo que no sabemos o lo ridiculizamos o lo ignoramos, en realidad lo estamos haciendo contra nosotros mismos. Intento decir que amamos la mentira más que la verdad porque creemos que es más agradable y nos consuela. Siempre nos equivocamos en esto. Es como una droga, un narcótico, un espejismo que nos distrae y nos retiene, que nos acaba causando siempre un dolor mayor que el placer inicial.
Hay esperanza en mis palabras, pero sobre todo hay sinceridad. No sé cómo sería pertenecer a esa "élite", pero imagino que hay otras más discretas y más perniciosas que permiten que existan. A lo mejor es un delirio paranoico. A lo mejor, realmente es espontánea tanta infantilidad, tanta arbitrariedad. Ojalá lo entendiese mejor, pero me parece que todo encaja muy bien y que necesito algo más, otra explicación más profunda, añadir a la muestra nuevos datos esclarecedores.
Supongo que no estoy dispuesto a sacrificarme por ello. Luego me olvidaré y hoy es la misma mentira que ayer. Me repito pasivamente, casi completamente inconsciente de mí mismo y de lo que me hace ser como soy. Desde casa es fácil imaginar dragones en lugares lejanos. No dejes que los niños se vayan lejos. Pueden perderse y no volver. Pueden ser atacados por fieras salvajes.
Deliramos en conjunto. Es difícil convivir, sobre todo con las ilusiones. Es primordial que nos sintamos desgraciados y persigamos humo como nuestros líderes, siempre en la brecha, aunque estemos más cómodos que nunca. Reconozco que ya no quiero creer en nada. Sólo seré parte de la historia, más pequeño de lo que me he imaginado en toda mi vida. La cultura popular seguirá siendo vulgar y facilona y yo me cansaré de protestar o me retiraré entre la muchedumbre indistinta, decepcionado y derrotado.
La influencia de los grandes es mayor de lo que creía y aún me siento pequeño porque no he aprendido lo suficiente. Su serenidad fue mayor que la mía porque pasaron por padecimientos que aún no he conocido o puede que nunca conozca. Pienso con toda la intensidad que puedo. Sé que no es gran cosa y no soy un hombre de acción. Intento comprender el infierno de mi cabeza. He sido desconocido y tengo que asumirlo.
Yo quería aportar algo nuevo, poder presumir de mi manera de ser, pero me he desanimado porque veo que es algo inútil e irrelevante, vacío ahora, obsoleto, que sólo podría o debería servirme a mí mismo. Vociferamos sin saber lo que produce en realidad nuestra rabia. Ciegos guían a ciegos y yo sigo sentado en mi casa, solo, sin compañía que me preocupe o me interese demasiado, intentando comprender el desorden que surge de mí, el orden oculto que produce mi desorden.
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