La muerte en directo


El patriotismo es el último refugio de los cobardes.
                                                                   Samuel Johnson

Ha habido un ataque terrorista en París. No es el primero ni será el último. En los medios se vende una imagen de falsa fortaleza y seguridad que evidencia su fragilidad ante esta amenaza global, acentuada por las desigualdades, el fanatismo, el avance de la tecnología y de nuestra propia sociedad en su conjunto. 

Como hienas, los encargados de la información se reparten la tajada y se aprovechan del sentimentalismo incipiente. No puedo imaginar el dolor, la sorpresa, la impotencia y la ira, no divina, sino muy humana, de las víctimas y sus allegados. El circo mediático, bañado de solemnidad me recuerda inevitablemente a esa frase de Khayyam: 

Me parece más noble el eructo de un beodo que la oración de un hipócrita. 

El trabajo es protocolo. Los políticos o sus asesores tienen mucho que hacer, mucho que fingir, si es que no lo han hecho ya. Se ha dibujado muy bien a un enemigo impersonal, diabólico, invisible, como en aquellos tiempos de la primera guerra mundial en la que se personalizaba al enemigo como a un leviathan, un monstruo sin alma, anárquico, las fuerzas del caos unidas para la destrucción de la civilización, de su delicado equilibrio. Una verdadera patraña, especialmente absurda, más en tiempos como los nuestros. Tanto conocimiento desperdiciado. Tanto esfuerzo y talento prostituido y explotado para el mal. 

Mueren de forma violenta más de 140 personas, sin la menor justificación, y el mundo se compadece de ellas (y más aún, de lo que representan), con el poder del que forma parte esta nación que tan brillantes intelectuales ha brindado a la historia universal en los tiempos más aciagos: La Rochefoucauld, Pascal, Descartes, Diderot, D´Alembert, Pasteur... 

No puedo imaginar el miedo y la sorpresa de una situación como esta, pero no puedo evitar reflexionar sobre sus verdaderas causas. Nadie parece querer ver que las raíces de la situación son más profundas, que este hecho aislado se olvidará en la confusa superficie, será borrado de la memoria de nuestra sociedad, cada vez más desmemoriada, por la sencilla razón de que la muerte no es rentable para el consumo liberal. Debe victimizarse, mimarse por fuera, ocultarse. Casi como a la vejez. 

Un golpe fatal como este, por decirlo así, hace falta para que el hombre occidental se sienta mortal, vulnerable, limitado. Pero el protocolo está más estudiado que antes y deja menos espacio para el pensamiento crítico. Reconozco que no tengo buenas expectativas de muchos de los últimos pensamientos de los fallecidos, se les considere o no mártires. Pan no les salvó, ni Dioniso. Se extinguió de ellos con su último aliento. El resto es una farsa que pretende sostener una sociedad agotada en la que ya no creemos. Los más cínicos se atreverán a defender el derecho a la información, la libertad, la igualdad, palabras gastadas y vacías para nosotros y nuestros días. "Entre las armas, calla la ley" dijo un célebre orador romano.

No he podido evitar el asco, la indolencia, incluso el aburrimiento, la incomodidad, al ver que se hace exactamente lo mismo de siempre, en estos casos, activar el proceso de hipocresía en masa, como si de la mayor urgencia se tratase, para que todo siga igual. El siguiente paso que tomarán los capataces será atacar al enemigo invisible. Algo llamativo, que distraiga a la opinión, que calme la sed de sangre de los refractarios y de los más violentos. Suelen ser los que ignoran con mayor dramatismo el imperio de su propia pasión, los que más fácilmente son manejados por los maquiavélicos. Culpa no les falta a ninguno, por no poder ni saber diferenciar su ceguera de su locura. Es lo que sigue, inevitablemente, a la falta de voluntad.  

Atacarán Siria o algún otro país de Oriente Medio, países que no tienen la menor posibilidad económica y política de disfrutar del bienestar material y del status quo del que goza el país galo. Habiendo mencionado mi estima por su cultura y por su herencia en la historia de todos los seres humanos, no puedo evitar criticar su propia falta de escrúpulos ante los bárbaros. En aquella película francesa, Las invasiones bárbaras, se hablaba exactamente de esta cuestión: la desfragmentación, decadencia y derrumbamiento de la sociedad occidental desde su base. La destrucción del espíritu colectivo, el espíritu del pueblo occidental, cuando no del propio nacionalismo. 

Llevará su tiempo. Algunos podrán ver regocijo en mis palabras, pero yo sólo puedo ver cansancio y desesperanza. Lo que quiero decir es que me parece una falta terrible y perversa de sentido común insinuar que esto no es normal, que no tiene causas naturales. La desesperación es la fuerza más peligrosa y destructiva que existe. Los responsables estaban organizados y sabían perfectamente lo que hacían. No soy capaz de imaginar ninguna excusa que justifique la ignorancia de los ciudadanos de su propio destino, de los que controlan su destino. De quién, sino de ellos mismos, puede ser la culpa? Pero sus parásitos jamás les disuadirán de ello. Antes, desaparecerían. 

Como he dicho, el dolor es el mismo para todos; el trauma, sólo para los más desafortunados (o los más perversos). La pasividad y parsimonia con la que los agresores pudieran extinguir la vida de los asesinados no puede parecerme suficiente. No quiero referirme a la religión para explicar algo que tiene toda su fundamentación en causas políticas y económicas, en la búsqueda del poder político y económico de las mismas élites que lo han codiciado desde antes del feudalismo medieval. 

El hombre es violento para el hombre. No somos pacifistas. No hay paz. El equilibrio y la solidaridad no se bastan a sí mismos. Son un privilegio de las sociedades más industrializadas y acomodadas, más alienadas y desconocedoras de sus propios orígenes. No fue la Galia uno de los pueblos más salvajes en su ataque al imperio romano, junto a otras tribus del norte de Europa? Los que no asaltan el poder para conquistarlo, lo intentan con adulación y seducción. Los muertos no eran historia, sino personas reales. Ese es el único individualismo al que apelo, el de la verdadera fraternidad. Quizá no hubiesen podido saber jamás todo el peso que les atravesó, toda la influencia, todas las causas. 

No hemos superado nuestras pasiones más oscuras y debemos meditar sobre este tipo de sucesos desde la humanidad, no desde el sentimentalismo ni el delirio. No me parece bien que nos comportemos como amebas, cuando es el momento de razonar más y mejor, porque es posible y necesario. No es extraño que el ataque se hiciera cerca de un recinto de entretenimiento, en el que algunos disfrutaban de un espectáculo lleno de pompa y lucimiento.

Lástima que seamos tan predecibles y fáciles de atacar, engañar y destruir por los que han sufrido más que nosotros, los resentidos, los "perdedores". Incluso ellos pueden encontrar fuerza en la venganza que nosotros subestimamos, de la que apartamos la mirada y el interés. Admito que, a pesar de nuestro individualismo, sigo creyendo que la humanidad tiene un sólo corazón y que este es invisible a los ojos. 


Indice de países con mayor tasa de homicidios. 2012




                                                               Mortalidad infantil por países. 2012

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