Herida humana


No sé lo que va a pasar, pero hasta ahora no ha pasado nada diferente. No sé lo que pasa. Todo se aleja. Desconozco a dónde y por qué. Estoy envuelto en escaparates que se derraman de sí mismos. La política es imagen, como la guerra, la cultura y nuestros sueños egoístas, lo mejor y peor de los seres humanos. El desperdicio maravilloso de nuestra inconsciencia. Toda nuestra. 

Hoy, en este momento, me da igual haber terminado siendo posmoderno. No puedo curar la úlcera de mi corazón invisible, por donde me vacío poco a poco, por donde abandono el mundo, dejando su misterio intacto, como agua inconsciente de sí misma, impura y sustituible. 

La sociedad se las ha ingeniado para que todos seamos falibles e inútiles. El recreo se ha quedado pequeño y ridículo, las riquezas materiales, absurdas, las masas, totalmente impotentes y anodinas. Me gusta pensar que no es así, que somos individuos dueños de nuestro propio destino, llenos de promesas y nuevas posibilidades, nobles, eternas, invencibles... 

Me cuesta menos creer que todo es más sencillo, pero a pesar de todo, no puedo dejar de engañarme ni vencer a mi imaginación. Es inconstante y flota sin vida sobre mi cabeza, presentándome imágenes arbitrarias de un pasado incompleto. Símbolos primitivos de mi profunda inexistencia como ser individual. 

No tengo nada que dejar atrás. He intentado cultivar algo que me perteneciese en vano. Mis recuerdos son deseos que se ahogaron y se consumieron en sí mismos. Sigo en mi casa, como el primer día. El movimiento del mundo no existe. Su apariencia es incontrolable, pero es falsa. La sed no sirve de nada. Sólo está ahí. Su función es permanecer, sobreponerse a nosotros, hacernos perecer y desaparecer.  

No espero cambios. No espero personas diferentes, ni esperanzas diferentes. Somos monstruos naturales y tenemos el germen de la muerte en nuestra alma, la fecha de caducidad de nuestras imperfecciones. El orgullo nos impide apartarnos antes y nos ciega ante la totalidad de lo irreductible, lo más simple de todo, la verdad del momento, desnuda de toda apariencia. 

He vivido herido todos estos años. No sé qué fuerza me impulsa. Todos los días dudo sobre la herida que yo mismo me hago. Padezco el exceso de mi pasión, la que me domina y me esclaviza. No tengo a nadie a quien acudir, de quien quejarme, en quien excusarme. Ya no. Ahora lo sé. Puedo sentirlo. 

Estoy más cerca del infinito, como al principio, pero ya sé que no será ninguno de mis sueños y que todo eran imágenes que debían caerse y descartarse, partes de un plan incluso superior a nosotros, creador, más profundo, fuera del tiempo, de todo lo que pueda conocerse así, con estos ojos burlones y tristes. 

Expulso chispas de nada, con la esperanza de que lleguen más lejos. Yo no puedo. El lenguaje genera la ilusión de libertad, de impotencia y de quimera, de vacío incompleto. No puedo añadir más. No tengo el convencimiento suficiente. Ahora creo que nada me ha bastado ni podía bastarme. Estoy enfermo de un amor que lleva ausente toda mi vida, a mis ojos. Espero lo irreconocible, pero no sé por qué. 

Mi corazón está resentido y cansado, pero sus quejidos son inútiles. Me quedo muy quieto, atento, esperando su próximo vuelco cotidiano, los latidos detrás de los latidos, en mi pensamiento más profundo, como una última recreación o suspiro, en busca de la belleza más simple y verdadera, todavía. La reconstrucción de un mundo irreal, el recreo de mi soledad infinita. 

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