Incontinencia


Rechazo a gente ilustrísima. No puedo evitarlo. Es algo visceral. Les miro por encima del hombro, desde el barro, mi cieno cotidiano. Intento maravillarme con su vida y obra, pero sólo busco su truco, me fijo en detalles que probablemente se exageraron o se entendieron mal. Persigo un reconocimiento inmerecido para decir al mundo: sólo lo he intentado, pero lo sigo intentando. 

Lo que pienso constantemente es en la imagen del esfuerzo. A la gente no le gusta pensar lo que debe hacer o dejar de hacer. Tampoco le gusta que la obliguen. La tensión es irresistible. No he encontrado la combinación adecuada de mis pasiones. Aún no sé cómo sucederán. No he terminado de soltarme. Pienso en el pasado y, realmente, existió. Ahora parece increíble. Porque soy manipulador, escenifico un castigo sobre mí en el que no creo. 

Intenté imitar modelos que amaba, pero ahora me siento incompleto y solo. Siento que el peso del mundo es su vacío eterno, que no hay forma de mirar para otro lado. El hombre no puede aceptar que la vanidad del mundo está en su interior, antes que en el exterior. Aún no he aprendido a escribir. No tengo legado. Rechazo mis restos. Desprecio los perfeccionismos que ahora me parecen absurdos y gastados. 

Pasar un buen rato es reírse de lo inexorable. Como si nos devolviese la risa. No es así. Creo en muy pocas personas y no estoy entre ellas. Estoy atrapado en una cárcel de ignorancia y de limitación pasional. Me atrapa por todas partes. No soy ni he sido nunca ejemplar. Soy débil y me resisto porque sé que caeré de nuevo. No hay salvación de nosotros mismos. Seguiré diciendo lo mismo, dando vueltas en círculo, por impotencia y por inercia. 

Quería dejar algo mejor para los demás, pero era sólo por mí. El sacrificio es la vanidad incontrolable del hombre individual. Se extiende por el tiempo y el espacio como todo lo demás. Detalles irrelevantes. Aparecen, desaparecen y cambian. Somos pequeños miserables y no es tan importante. No quiero excusarme más. Esto sirve a veces como consuelo. Me da igual lo que no puedo conocer. Vivo como si ya no viviese. Vivo luchando y defendiéndome de lo más natural como de mi peor enemigo, porque ya no me reconozco en nada de lo externo, ni siquiera en mi agradable intimidad. Ni siquiera en mis recuerdos más familiares. 

Me avergüenzo de mis sufrimientos burgueses, pero eso a nadie le importa. Tampoco a mí. He dejado atrás todo lo que se suponía que debía consolarme. Ahora, no puedo controlar mis sentimientos. No he programado mi obra. Los obsesivos son los que más vivos están. El poder ciega. No importa tanto lo que dejamos atrás, a pesar del orgullo. Y no hemos elegido la verdad. Somos una parte del camino que tal vez no vuelva a repetirse, que tal vez no sea nunca descubierta. Afortunados son los que hacen cualquier cosa por permanecer idealistas. 

Esperaba una fraternidad especial que pudiera venir de estos sentimientos elevados de soberbia muda e invisible. No ha llegado. Se acumulan los recuerdos pesados y torpes. Lo cotidiano es vulgar. Aprendo, pero aprendo para nada, esencialmente. Como si dibujase pensamientos, paso del nihilismo, al dadaísmo, al existencialismo. A la pereza de un día cualquiera. La muerte en la tarde, la nada cotidiana. La vida que se nos escapa de las manos, de los ojos y del corazón, que nos agota impotentes y, al mismo tiempo, indescriptiblemente satisfechos. Todo por el misterio, la pasión del momento exacto, irreemplazable. Lo único que es adecuado. 


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