Código de existencia


Vivimos en una época de abundancia material irrepetible. Tengo suerte, pero no conozco el motivo. Creo que puedo dar gracias sinceramente, pero sé que no basta. Sería demasiado fácil. Lo que más nos cuesta es enfrentarnos a nuestra propia naturaleza, a nuestras limitaciones y nuestra finitud. 

Se exagera el valor de la comunicación por una avaricia material basada en la quimera de que podemos tener más, indefinidamente, de que nunca es ni será suficiente. Esto es una vana ilusión, una ilusión mortal. Quizá no sea algo tremendo, pero desde luego es perjudicial. Creo que no estoy preparado para dar una opinión sobre temas que ahora comprendo que eran más importantes de lo que imaginaba. 

No sé por qué suceden las cosas de una sola forma, pero es así. Vivimos en la apariencia y la mayoría del tiempo no es fácil. Estamos donde no queremos estar. Vemos lo que no queremos ver. Es una cuestión de angustia y ansiedad que está en la raíz de la humanidad. No nos aceptamos como somos, en realidad. 

El tiempo lo rellenan nuestras palabras, acciones y pensamientos, mientras existimos. Procuremos que sean buenos, sinceros, transparentes. Tal vez no se haya hecho así siempre, pero esta es nuestra oportunidad, para quien quiera hacer las cosas debidamente. No soy el más adecuado para dar lecciones, ni siquiera para culparme excesivamente por vanidad. Einstein dijo una vez que ese era un viejo truco fácil: el de autoinculparse. Una excusa para salir del paso. 

La vida no es tan complicada. La vivimos todos los días y se mete en cualquier hueco de nuestra humilde existencia como seres de este planeta. Muchas cosas debemos mejorar de nosotros mismos. Más que nosotros mismos, no creo que nadie sufra nuestras culpas. Es una formalidad reducirlo a esa frase, pero así lo pienso. Para qué sirve la luz, sino para iluminar? No es la luz que ilumina la que es real? 

Los días pasan y nuestro camino se va estrechando. Sólo tenemos una misión y siempre es la misma. Hay muchas distracciones. No es un camino fácil el del justo y muchas veces tropezaremos. Tenemos, además, una dificultad añadida, que es la de ver pasar a otros por encima, impunemente, y no podemos dejar de preguntarnos por qué no somos más afortunados, como ellos. Pero no solemos preguntarnos por qué no hemos sido más desafortunados. 

Los buenos poetas suelen ser malos pensadores. Creo que por eso se refugian en la apariencia. Son aplaudidos por el público vulgar y hacen carrera rápida de éxito. Los rezagados no podemos hacer más que seguir pensando, pero nuestras embestidas al poder son inútiles y tenemos menos esperanza que ayer en despuntar por algo malo, por permanecer en el carrousel de la vanidad para los otros. No se basta uno mismo. 

Nuestras palabras, actos y pensamientos permanecerán más que nosotros y aún no sabemos quiénes somos, ni quién queremos ser, en realidad. Tenemos una oportunidad para averiguarlo, pero puede que no vuelva a repetirse. No amamos lo suficiente, ni a las personas, ni a los lugares, momentos, sentimientos, objetos, ideas, experiencias...

No sabemos lo que es el amor. Somos víctimas de él como de una enfermedad o una posesión. Nos hace enloquecer y huimos de él. La cultura engaña porque se viste de apariencias para distraer, se viste de ese mismo delirio. Pero la verdad permanece y las apariencias se caen por el camino. Lo cubierto se descubre. Nuestras apariencias quedan atrás. 

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