El escritor


El escritor es el que hace una exégesis de la realidad que le parece suficiente y necesaria, relevante. Es el que intenta detener las épocas, las generaciones, los ciclos de la existencia. El escritor es presumido y arrogante. También es melancólico y cree que es suficiente con evocar algunas imágenes sugerentes para salvarse, para salvar lo que cree que es mejor de él, su memoria, su inteligencia, su soberbia. 

El escritor es un amargado. Como no ha conseguido enfrentarse a la vida con sinceridad, lo hace con mentiras. Esconde su dolor porque se avergüenza de él y suele estar ofendido con Dios. Es desconfiado, débil, pretencioso. Cree que sabe ocultar sus miserias mejor que nadie, que si se esfuerza lo suficiente, nadie las encontrará, ni siquiera Él. 

El escritor está desesperado y siempre intenta confundirse con la gente para obtener fama, dinero, poder, porque se considera mejor que ellos. Cree que, al fin, conseguirá el premio preciado y podrá generar envidias e impotencias superiores a la suya. Cree que podrá salirse con la suya. 

El escritor es un don nadie por excelencia. Es un hombre vil y confundido que no encuentra su camino, que quiere sentirse más vivo porque cree que la vida no le parece suficiente. Es un hombre hecho de nada. El escritor frivoliza y es sarcástico porque cree que la amargura basta a los amargados, pero son los más insatisfechos de todos. 

El escritor está solo. No tiene a nadie. Busca a sus iguales, pero no los encuentra. Ve víctimas y verdugos por todas partes, los mismos, se ve a sí mismo como a su peor enemigo, pero no es lo que pregona. Se avergüenza de su única valentía: la humillación, la contrición. El escritor es un maniático y un abusador. Le gusta medirse con hombres más tontos para crecerse, para convencerse a sí mismo de su talento en bruto, desconocido, en potencia, a punto de debutar. 

El escritor es un energúmeno. Le gusta envenenar a sus seres queridos porque cree que así se sentirá menos desgraciado. Es un inconsciente de su propia miseria. Huye de ella y todo le parece mal. Se agita en sus pesadillas, esté dormido o despierto. Está inquieto, inseguro. La ansiedad, el miedo, la culpa y los malos sentimientos le corroen por dentro, destrozan su vida. 

El escritor está maldito. Se siente completamente abandonado en este mundo cruel y miserable, en este mundo de mediocridad fugaz y vulgar, donde todos somos farsantes, mezquinos y patéticos. El escritor está poseído por demonios. Pensaba que eran sus amigos, pero, cuando se dio cuenta, averiguó que eran sus peores enemigos. Ya era muy tarde. 

El escritor acabará consigo mismo antes que nadie, no podrá culpar a los demás. Cada uno tiene su novela inacabada por escribir y nada se puede hacer por mezclarlas más. Todo es más real, pero vemos el mundo por fuera y desaparecemos, nos vamos de aquí. No teníamos datos suficientes. No sabíamos lo que era adecuado. Nos acobardamos, nos atravesó la duda de ser humanos y lo perdimos todo por el camino. 

El escritor añora una inocencia que no sabe si existe. Tiene una especie de reminiscencia de la bondad y la pureza primarias. El escritor es un creyente confeso en su interior, a pesar de sus ladridos de corazón herido. Es un animal totalmente vulnerable y mortal, eso está claro. El escritor perdió hace mucho tiempo la esperanza de la catarsis en las meras palabras, porque sabe mejor que antes que no pueden sustituir a la acción. 

El escritor aún sueña con cambiar el mundo por no poder cambiarse a sí mismo. Es su condena, su yugo. Sabe que debe soportar el mundo un día más, tal y como es, porque eso es la vida. El escritor no volverá a escribir como antes, porque no sabe nada de lo que le está purificando. El escritor deja una puerta abierta en su corazón, por pequeña que sea, a pesar de su más aguda desesperación, porque, algún día, saldrá por ella alguien mejor de los que nunca conoció en las memorias perdidas, extraviadas de su vida. 

El escritor abraza la jornada y la faena de cada día con una resignación verdadera y sencilla, clara como los recuerdos de su infancia. Nunca dejará de añorar mientras respire. Sabe que Alguien ha puesto la sonrisa en su rostro y las lágrimas en sus ojos, que ha marcado su corazón con un amor inmortal que nadie termina de expresar, pues todos nosotros somos imperfectos. 

El escritor espera algo distinto a sí mismo, porque no puede comprender su pequeñez ni su brevedad. El escritor moriría, si supiera que la muerte es mejor que la vida, pero la vida es un desafío a la naturaleza, una supervivencia interior, no exterior. Sabe que todas las discusiones son inútiles y vanas, que era necesario perder tanto tiempo, tantas energías, tantos falsos sueños y fantasmas. El escritor es ahora completamente nuevo. Ha dejado de escribir como lo hacía. 

Ha dejado de desear la gloria de lo más bajo, para buscar la de lo más alto. El escritor sabe que no está equivocado, que todos sus tropiezos le llevarán a otro estado desconocido, a otra transición, otra conciencia, otro mundo, otra verdad, absolutamente distinta de esta. Por eso, no tiene miedo a desesperarse ni a sufrir. Sabe que esas cosas acaban muy pronto, que nada hay que temer ya, porque todo está escrito por otro mejor. 

El escritor se alegra de haberlo perdido todo, de que Alguien le haga perder lo peor y ganar lo mejor. El escritor ha encontrado la felicidad detrás de todas sus infelicidades pasadas. Ha dejado de creer lo que es inútil y falso. Ha dejado de mentir y de ocultar, ha dejado de idolatrar lo que no lo merece. El escritor está satisfecho siendo un perdedor, porque sabe perfectamente ya que todos somos perdedores y que por eso merecemos todo el amor imperfecto que podamos compartir. La vida se acaba y no tendremos más oportunidades para amar como esta. La vida era esto. 

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