Envidia y falsos ídolos


Paso gran parte del tiempo viendo vídeos en internet. La representación del mundo. La reconstrucción constante, frenética de la humanidad. De su pensamiento. Todo me produce la misma incertidumbre: si no imaginaré lo que realmente conozco, la vida real, e ignoro ese mundo representado, fatal y dolorosamente mejor. Ese mundo abstracto, inalcanzable. Terriblemente injusto. Que en un momento inesperado, nos deja atrás, hasta repudiarnos a nosotros mismos. 

Todo lo que hay delante de la cámara es mentira. Lo que hay en medio no. La pospo, el canal, los redactores. El público es la verdadera estrella. Vivimos directamente a través de lo que creemos saber. Abusamos de la mentira descontroladamente. Esto es algo demoledor, si realmente es cierto. 

El que quiera y se atreva, que reflexione conmigo. El deseo es una amenaza interior. Como una enfermedad. Puede calmarse, pero no curarse. A veces, sacude con una violencia inusitada. La esperanza con la que escribo es inculcar la impresión correcta. Siempre tendremos delante una representación, verdadera o falsa, más o menos alejada de la realidad. Pero tenemos que seguir adelante. 

El hombre se equivoca, pero ignora la causa. Cuando remueve sus propios abismos, se siente incómodo, desesperado. Solo. Lleno de ruido interior, llena de ruido el mundo. Se distrae con los demás. Somos neuróticos. Vivimos también en el cuerpo del otro. Por eso le amamos o le odiamos, según el momento, el ánimo de nuestro corazón. 

Si creyera que tengo un don mayor que este, no dedicaría tanto tiempo a lanzar mis pensamientos a este mar inanimado de representaciones. Sólo son sombras abundantes. No es la realidad. Vanos fantasmas del pasado. Nada afectan a la verdad, pero siempre lo parece. Esto ocupa gran parte de nuestras vidas, queramos reconocerlo o no. La imagen es un golpe más. Eso que atraviesa lo propio y lo ajeno. Que cruza el todo. 

La verdad es totalitaria, no democrática. Lo que nos conviene hoy puede no convenirnos mañana. La crisis de representación es individual. Todo el mundo está infectado. Debe vivir con ello. La victoria, como es usual, no está asegurada. Siempre hay riesgo. Sin riesgo, nuestros juegos no existirían. La decepción se acumula. Vivir es no terminar de crecer. 

Estas son las cosas que suelo pensar. Me asaltan indefenso. Ya no queremos lo que queríamos. Nos cansamos pronto. La infancia no ha terminado, después de todo, si no hemos encontrado la forma de aplacar la debilidad, esa que ocultamos con todas nuestras fuerzas. Ese impulso que caracteriza la vida. Un movimiento hacia delante que nunca es regular, que se inunda en desvíos. Las murmuraciones no terminan. 

Si el mundo entero pudiera juzgarte en un momento, cómo te gustaría que te encontrasen? No es nada fácil encontrar motivos para ser serio, para no ser grosero, impresentable. Yo creo que nunca ha habido sobre la tierra más incomprensión y desesperación, más absurdo. Tal vez el mismo que ha habido siempre. No hay manera de escapar de nuestra ignorancia. Cuando nos dicen, nos demuestran o incluso nos exigen lo contrario, nos aturdimos. Es dramático. Una especie de martilleo persistente. Quién querría compadecer ante un juicio injusto?

Sé que es muy difícil dar crédito en estos días a la lucha por la injusticia. Esa crisis de representación de la que hablo es profunda, desastrosa. Yo sueño, como todos los hombres, que mis deseos se cumplirán algún día. Y, sin embargo, pienso que los deseos son irracionales y se visten de lo que no son. Así se nos presentan a la imaginación. No son una elección, ni un proyecto. Son un impulso fuera de control que nos impide ver el principio de nuestra ignorancia. Lo que tenemos delante no es real y siempre tenemos algo delante. Desear es adolecer. Fatigarse. Desconfiar. El deseo es pura pasión. Salvajismo que cargamos del pasado, donde se pierde la vista del tiempo. Incluso de su recomposición. 

Cuando se discute sobre las mismas cuestiones una y otra vez, las cuestiones que han llenado de calamidad a las generaciones pasadas y presentes, casi siempre se cae en una especie de nihilismo que es desagradable sentir. Miramos a otro lado, pero sigue ahí. Al deseo se le puede dar de comer, pero no matarlo. No hay forma de librarse. Es una esclavitud. Una tiranía. Suficiente para cualquier pesadilla. La roca de Sísifo. Vivimos escondiendo y alimentando monstruos por dentro porque no sabemos vivir de otra manera. Muy a nuestro pesar. El mundo no tiene más crédito hoy del que ha tenido hasta ahora. Es un mundo artificial que ha durado demasiado. Ha hecho a los hombres sus propios juguetes. Cuando se han aburrido, pueden elegir destruirse, pero no haber nacido. 

La cultura es un colchón que no impide la caída. La amortigua. En ella se acumulan conocimientos de tecnología que nos ponen por encima de los animales, a unos más que a otros, como si de la Gracia se tratase, de la conciencia, del uso de la inteligencia, del psicologismo. La audacia son trucos baratos que son castigados y producen desastres. Me desanima ver publicadas reflexiones que tuve de pequeño en una especie de delirio voluntario. La catarsis no es completa. El llanto es cotidiano. La soledad es la ignorancia. 


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