Personajes históricos


Me interesan los personajes históricos de verdad. Los padres de nuestro pensamiento real y cotidiano. Se arriesgaron de corazón por amor. Miraron con valor al pasado y al futuro. Con entereza. Amaron a sus padres con toda el alma. Padres de su pensamiento. Se volvieron al viejo Bien y alzaron la vista. Alabaron. Mantuvieron diálogos desafiantes y fructíferos. Diálogos serios de aprendizaje. Siempre avanzando en su interior. Sobreviviendo al sufrimiento del alma. El más decisivo. Devastando existencias inferiores por medio de las superiores. 

Su honra les precede. No sospechamos su grandeza, teniendo nuestra pequeñez por gran cosa. Mucho les debemos. Nuestra gratitud es poca y no basta. Componemos discursos por ellos. Para imitarles fielmente. Siempre les imaginamos como al Ideal que les inspiró. Su musa divina. Que no es otra que la madre de todas las musas. 

En cambio, hoy creemos que la fama es la dignidad. Hemos llegado a creer semejante locura y patraña. La fama es ser importante de mentira. La máxima expresión del impostor arrogante. Merece profunda revisión. Recordemos que el pensamiento inquiere. Es inquisidor. Inquieto. Alcanzado, afectado de violencia. 

Veamos a qué me refiero. Cuando el hombre se convirtió en hombre-masa con la llegada repentina de la tecnología globalizada, la industrialización salvaje, el capitalismo devorador de almas, nos olvidamos de dónde veníamos realmente. Tal era la fuerza de la situación, de la ilusión (momentánea). De la farsa. Pero siguió siendo una mentira. Seguiríamos equivocados. 

Obedezcamos de nuevo a nuestros padres, tan cerca de nuestro espíritu. Del pensamiento que le habla, le juzga, directamente. Arrepintámonos de nuestro mal, no de un mal extraño y fantasmagórico. El mal que conocemos de nosotros mismos. Que no podemos negar y nos persigue. El mal que conocemos bien. Es por el mismo Bien, por lo que padecemos y nos la jugamos. No hay broma en la seriedad. El juego es simulación. Disimulo. Todos los juegos son infantiles. 

He compuesto este discurso con la vieja esperanza que amansa mi costumbre. Si algo más puedo transmitir, bueno o malo, prometo esforzarme por averiguarlo. Sueño con llegar al buen juicio que no permita levantar sospechas ni oposición. Sueño con fundirme en el Bien para siempre. Pues sólo en él se puede reposar en paz. 

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