Escalera del Bien


Todas las responsabilidades son individuales, concretas, personales y existen en el tiempo. La responsabilidad es la obligación de responder correctamente, según esta condición individual. Debe mantenerse en todo momento por el peligro y el miedo a perderla. 

Las leyes son morales o inmorales según el conocimiento que se posee. Conocimiento individual y verdadero. Fiable e infalible. 

Separa para ver mejor. Separa con el entendimiento, por dentro. La verdadera caridad es el amor a todos los hombres, así cercanos como lejanos, hasta los más monstruosos. Pues también son hombres, por más lejos que estén del divino centro de su alma. De la profundidad de su ser mismo. 

Piensa en una pirámide. Esta es la poporción exacta de las clases de hombres, siendo todos hombres, primeramente. A su pie, se encuentran las más diversas, incluso estrafalarias, formas de rapaces, miserables, farsantes, necios y locos que uno se pueda imaginar, nublados sus juicios por el vicio. Pero no extinguido, mas acentuado. Es casi seguro que uno se quedará corto, por no decirlo directamente. Dejemos ya los enigmas. 

La autoridad de los sentimientos es su sinceridad. Huye de los que buscan aturdirte. Huye y condena siempre el victimismo, como el más triste de los espectáculos. Recuerda, que sepan bien, lo que intentarás todavía muchas veces de corazón. Con más valor. 

Según se sube por la pirámide, que es la alegoría del conocimiento interior de uno mismo, se van encontrando filtros más severos y purificados, más verdaderos. Como los vínculos de la verdad con su apariencia para el que la conoce. En ellos no se deja pasar lo que antes sí se permitía por esta razón. El entendimiento requiere siempre altura, profundidad de conceptos. 

Como es lógico para cualquier persona sensata, las clases de hombres también se van purificando. Como si fueran despertando a la sabiduría, a su amor por ella, libre y verdadero, y empezaran a caminar con la divinidad, en un aprendizaje que dura eternamente (a pesar de las figuras y armonías, que son sólo referentes del Bien, pero no el Bien mismo). 

Estas clases se van aproximando al poder, que es el dominio absoluto de sí mismo. La pura voluntad. El verdadero Bien, que sólo tiene mezcla de sí mismo, siendo la pureza misma. No creciendo ni decreciendo, pero sí producirá esa impresión, cuanto más lejos se esté de él, esto es, cuanto más enterrado y remotamente profundo se encuentre en el que no lo ha buscado o lo ha buscado mal, con el corazón incompleto o indispuesto, todavía. 

La verdad no tiene que parecerse a sí misma. El Bien requiere todas las atenciones y no serían suficientes, ya que rebasa las impresiones, opiniones, espejismos, brotes, sorpresas y golpes que son más familiares, cuanto más se baja en la escala de la pirámide. De ahí que lo llamemos Alteza. Sumo Bien. 

He aquí que el Bien es tan puro, perfecto e incontenible que, de forma armoniosa e impenetrable, atrae de la oscuridad a las formas más confusas y viles (formas de hombres, pero no hombres mismos, todavía) con su insuperable belleza hacia su perfección y su gloria, como prioridad fundamental. Pues no tendría sentido un Amor perfecto que no se extendiese por lo imperfecto para siempre. 

La buena doctrina es aquella en la que se puede profundizar siendo viejo, pero que se conoció desde que se era niño. Hay grandeza en aquella que se ama sin medida y se tiene por bendición, de día y de noche, donde no deja de brillar la justicia, ni en la hora de la angustia. Esto es lo que yo llamo recordar la escalera del Bien. 

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