Escritores muertos



La cultura es un vestido que no cubre la desnudez ni abriga del frío. Todo lo que le añadimos no basta. Sigue siendo insuficiente. Protuberante en la insuficiencia. La literatura en serio es un salvoconducto para la desesperación, el sentimiento más cotidiano del hombre, que madura con su edad, a pesar suyo y a la fuerza. Un intento de inmortalidad. La cultura es, pues, un refugio que no salva. 

Alguien ha hablado. Al menos, ha salido directamente de él. Ha dejado encerrado un reflejo de su alma. Al menos, de una parte de él. Otros también viven la vida real, la que intentan robar los miserables. Los malvados. Arrancan migajas con violencia, los que odian la ley de su limitación natural. Los que violan la de otros, con palabras mentirosas. Culpables.

Siempre rebeldes orgullosos. Heridos de celo, vengativos. Devuelven la sacudida violenta de su corazón, pero nunca lo confiesan. Si lo hacen, hay truco. Aún esperan ganar injustamente. Con premura. La sorpresa de un golpe de suerte. 

Las bromas duran muy poco. La seriedad sigue adelante con serenidad. En la profundidad de conceptos. En la claridad y sentido de las ideas. La vida ha pasado, pero pasa. No pueden ser más crueles las expectativas que callamos y olvidamos. Tanto abundan que son incontables. Inconciliables. 

Soy pequeño en el mundo. Pero mi vida es real. Apenas me han robado cachos, sin saber bien lo que hacían, creyendo con demasiada seguridad que así era. Así pasamos la mayoría de nuestros días. Como ellos. En mis sueños, a veces he perdido muchos yo mismo y el arrepentimiento no los perdona. Ni los recupera, salvo en el recuerdo. 

Mi enemigo es imaginario. Se parece al hombre. A sus manías, sus vicios. Todo lo incontrolable o sospechoso de serlo. Hasta la violencia. Pero no he conseguido ver toda la monstruosidad. Todo el horror. Sólo he visto la falta. Los gemidos de impotencia. Tratan de esconderse, pero al final sobresalen. Imponiéndose como un parto. La vida lo aguanta todo. No nosotros. Errar el tiro es no llegar a donde se propone. Los inventos se sustituyen. Se extravían. En nuestro despiste, parece siempre el tiempo una sucesión de inventos extraviados. Absurdos. De rodeos sofisticados. 

Me intimida la falta de entereza. Me hace dudar de la mía. Qué criatura más extraña, la que imaginamos que no sueña en su inconsciencia. La que cree saberlo todo, sin saberlo. Pero la verdad es inteligible, la verdad como es. Hecha de partes y de todo. Sólo hay emoción incontrolable en el mito, encharcada y seca en el pasado. Profundidad santa es el recuerdo inmortal. Las inmensidades del tiempo para siempre. Hasta los cielos. Las migajas arrancadas serán devueltas con creces a los justos. 

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