Desafíos del filósofo


No hay filosofía sin toque espiritual, crítico. La libertad de creer es la de no saber. No he conocido hombre que no haya sido tentado por las miserias de este mundo. Todos los principios son morales o inmorales. Es decir, humanos o inhumanos. Creo que no puedo negar de ninguna manera posible la vanidad que enferma y violenta mi alma, que anega y desborda mi espíritu. Como tampoco quiero ocultarla un sólo instante de conciencia. Tanto la repudio ahora. 

Debo confesar sin pudor y, si cabe, con mínima humildad, que sé más de historia de la filosofía que de filosofía misma. De los verdaderos filósofos, que son pocos, muchos menos de lo que vulgarmente se cree, aún menos me parecen hábiles, y de entre ellos, escasos me parecen extraordinarios.

Temo amar demasiado una imagen falsa de deleite y de comodidad que me dañe, ocultándome la verdad misma, que intente destruir con violencia todo lo que no se le parezca o la perjudique de alguna manera. Temo que seamos extremadamente buenos en hacernos más daño que bien, que el escepticismo sea la frialdad en contra de lo que llamamos aún nuestro propio espíritu. 

Estos filósofos verdaderos se enfrentaban a un contexto social adverso, agresivo, deshumanizado, delirante, depredador, confuso, de muchedumbre, impersonal, caótico, inseguro. En una palabra, desfavorable, deficiente. Se enfrentaban, además, a sus propias contradicciones y conflictos personales, en sus decisiones y en sus principios.

Se enfrentaban (y desafiaban) a todo aquello que no sabían del pasado, a la interpretación de sus Filósofos, de los cuáles no saben qué han alcanzado y qué no, mezclándolo todo con su propia vida y sentimientos, haciendo de cada uno, suyo un fantasma del que ciertamente no sabe cuánto dista del original y verdadero, del que está obligado a fiarse o ser escéptico, en función de su adherencia sin conflicto a la búsqueda de la verdad pura, tal y como es. Normalmente, lejos de la audacia y la rapacidad. Del deshonor. 

Por tanto, el que aspire a ser un sustituto o continuador de semejante arte, debería acatar con sensatez y sabiduría, sopesar, valorar justamente estos hechos, si quiere llegar a ser filósofo, o, al menos, un aprendiz competente. El amor por esta imagen, su comodidad, su armonía y su claridad, me obligan a declarar que esto aún es posible, desde la prisión de mi personalidad. 

El problema fundamental, a mi parecer, es la atribución del protagonismo. El origen de todos los conflictos del orgullo, que siempre es tan personal como insoportable. Como impertinente. El hombre siempre necesita guía de la razón interior. Es, precisa y necesariamente, el reflejo de la razón exterior. La respuesta, la confirmación y, a mi parecer, el principio de la sabiduría, ciencia y educación verdaderas. 

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