Autocríticas
Creo que no dominaré la situación. Esta verdad.
Me gusta estar aquí sentado sin hacer nada o haciendo muy poco
pensando en mis problemas.
Intentando sentirme culpable por desear ejércitos que me admiren
que me imiten. Que busquen mis sueños y mis recuerdos para recrearlos.
Los míos y no los de ellos.
Porque soy un egoísta enfermizo y creo que el mundo es para mí.
Para nadie más.
No me he curado. Soy el mismo. Lo quiero todo. Todo para mí.
Quiero ser el mejor para siempre.
No es fácil vivir así. Con tanta ansiedad. Tantos sueños incompletos y confusos.
Quiero ser único, extraordinario. No veo ningún límite.
Sólo los supongo y los olvido.
Eso pasa con ellos.
Nadie se detiene en un límite.
Sigue otra dirección.
No sé por qué soy así, por qué la vida es un misterio.
La realidad es que lo es y que ninguna acción, pensamiento o palabra
puede cambiar eso.
He soportado muchos lugares, personas, momentos y sentimientos hasta ahora.
No ha significado gran cosa.
Sólo mi experiencia y algún reto por demostrarla.
El mundo y la gente son tan vulgares.
No me encuentro reflejado en nada.
Me siento vacío y solo, a pesar de mis cambios de humor vanos e insuficientes.
Eso es lo que siento.
Eso es todo lo que me sucede, al menos, lo que puedo apreciar.
Deben de estar sucediendo más cosas.
No sé por qué las cosas son así.
Por qué insisto en cambiar lo que no se puede cambiar.
En tener ese protagonismo que no me corresponde.
Es obsesivo y terco. Debe ser patético por fuera.
Pero algo dentro de mí vibra con mis intentos, me da vida.
Me hace seguir esta dirección. Es lo que he cultivado. Todo lo que conozco.
Es mi diarrea mental. Mi forma de existir, la que se ha formado hasta el momento.
No conozco otra. Es todo lo que soy y lo que tengo.
No hay nada más para mí, salvo algún espejismo de mis aspiraciones.
Son desconocimiento y olvido. Son sombras de lo conocido.
Así lo entiendo. Sólo paso de mis obligaciones porque lo son.
Sólo intento huir.
Por eso escribo esto.
Por eso intento ser otro.
Por eso no me bastan las palabras.
Me gusta estar aquí sentado sin hacer nada o haciendo muy poco
pensando en mis problemas.
Intentando sentirme culpable por desear ejércitos que me admiren
que me imiten. Que busquen mis sueños y mis recuerdos para recrearlos.
Los míos y no los de ellos.
Porque soy un egoísta enfermizo y creo que el mundo es para mí.
Para nadie más.
No me he curado. Soy el mismo. Lo quiero todo. Todo para mí.
Quiero ser el mejor para siempre.
No es fácil vivir así. Con tanta ansiedad. Tantos sueños incompletos y confusos.
Quiero ser único, extraordinario. No veo ningún límite.
Sólo los supongo y los olvido.
Eso pasa con ellos.
Nadie se detiene en un límite.
Sigue otra dirección.
No sé por qué soy así, por qué la vida es un misterio.
La realidad es que lo es y que ninguna acción, pensamiento o palabra
puede cambiar eso.
He soportado muchos lugares, personas, momentos y sentimientos hasta ahora.
No ha significado gran cosa.
Sólo mi experiencia y algún reto por demostrarla.
El mundo y la gente son tan vulgares.
No me encuentro reflejado en nada.
Me siento vacío y solo, a pesar de mis cambios de humor vanos e insuficientes.
Eso es lo que siento.
Eso es todo lo que me sucede, al menos, lo que puedo apreciar.
Deben de estar sucediendo más cosas.
No sé por qué las cosas son así.
Por qué insisto en cambiar lo que no se puede cambiar.
En tener ese protagonismo que no me corresponde.
Es obsesivo y terco. Debe ser patético por fuera.
Pero algo dentro de mí vibra con mis intentos, me da vida.
Me hace seguir esta dirección. Es lo que he cultivado. Todo lo que conozco.
Es mi diarrea mental. Mi forma de existir, la que se ha formado hasta el momento.
No conozco otra. Es todo lo que soy y lo que tengo.
No hay nada más para mí, salvo algún espejismo de mis aspiraciones.
Son desconocimiento y olvido. Son sombras de lo conocido.
Así lo entiendo. Sólo paso de mis obligaciones porque lo son.
Sólo intento huir.
Por eso escribo esto.
Por eso intento ser otro.
Por eso no me bastan las palabras.
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